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lunes, 2 de febrero de 2015

DEC. ABOG. SAN IVO



DECÁLOGO DE SAN IVO DE KERMARTIN
(1253-1303).

I.  EI abogado debe pedir ayuda a Dios en sus trabajos, pues Dios es el primer protector de la Justicia.

II.  Ningún abogado aceptará la defensa de casos injustos, porque son perniciosos a la                conciencia y al decoro profesional.

III.  El abogado no debe cargar al cliente con gastos excesivos.

IV.  Ningún abogado debe utilizar, en el patrocinio de los casos que le sean confiados,  medios ilícitos o injustos.

V.     Debe tratar el caso de cada cliente como si fuese el suyo propio.

VI.  No debe evitar trabajo ni tiempo para obtener la victoria del caso que tenga  encargado.

VII. Ningún abogado debe aceptar más causas de las que el tiempo disponible le         permite.

VIII.  El abogado debe amar la Justicia y la honradez, tanto como las niñas de sus ojos.

IX. La demora y la negligencia de un abogado causan perjuicio al cliente y cuando eso          acontece, debe indemnizarlo.

X.  Para hacer una buena defensa el abogado debe ser verídico, sincero y lógico.


XI) El abogado debe pedir ayuda a Dios en sus defensas, pues Dios es el primer protector de la justicia.

XII) Los principales requisitos de un abogado son: sabiduría, estudio, diligencia, verdad, fidelidad y sentido de justicia.

DEC. ABOGADO, OSSORIO


DECÁLOGO DE ANGEL OSSORIO Y GALLARDO
(1873-1946).

I.          No pases por encima de un estado de tu conciencia.

II.         No aceptes una convicción que no tengas.

III.        No te rindas ante la popularidad ni adules la tiranía.

IV.        Piensa siempre que tú eres para el cliente y no el cliente para ti.

V.      No procures nunca en los tribunales ser más que los magistrados pero no consientas       ser             menos.

VI.        Ten fe en la razón que es lo que en general prevalece.

VII.       Pon la moral por encima de las leyes.

VIII.      Aprecia como el mejor de los textos el sentido común.

IX.        Procura la paz como el mayor de los triunfos.

X.         Busca siempre la justicia por el camino de la sinceridad y sin otras armas que las de tu saber.

martes, 13 de agosto de 2013

ANTE LA LEY



ANTE LA LEY

Franz Kafka

Descargar ANTE LA LEY, FRANZ KAFKA: https://sites.google.com/site/blogsguat

Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que podrá entrar más tarde.
—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años.
Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:
—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos.
Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.
—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?
El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
—Nadie más podía entrar por aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora cerraré.